Francisco continúa hablando a la Iglesia. La Custodia de Tierra Santa celebra en Jerusalén el Octavo centenario del Tránsito
Ochocientos años después del Tránsito, san Francisco sigue vivo. Sus enseñanzas, su legado espiritual y su carisma continúan representando pilares no solo de la familia franciscana, sino de toda la Iglesia católica. Y como cada año, la Custodia de Tierra Santa ha celebrado la Pascua del Padre Seráfico en la iglesia de san Salvador, en Jerusalén.
Una celebración que este año se ha insertado en un contexto extremadamente particular. Por un lado hay una tierra herida por la violencia, por la guerra y con una crisis que se cierne sobre todo Oriente Medio. Por otro lado, hay un octavo centenario del Tránsito que impone a la Custodia y a la Orden de los Frailes Menores aquella pregunta planteada por el patriarca latino de Jerusalén, card. Pierbattista Pizzaballa, durante la homilía del domingo por la mañana: "¿Qué forma toma hoy el Evangelio en nuestra vida personal y en nuestras comunidades?".
Un cuestión que interroga a franciscanos y fieles en una fiesta que ha tenido su primer momento celebrativo en las Vísperas solemnes del 3 de octubre, presididas por el Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo. En una iglesia que ha reunido a los frailes de los diversos conventos y a los fieles de la Ciudad Vieja, Fray Ielpo ha guiado a la comunidad en la memoria del último momento de la vida de Francisco. Un paso de la vida a la muerte vivido como cumplimiento de una existencia enteramente entregada al Evangelio. La celebración ha tenido lugar representando también plásticamente los últimos días del Poverello de Asís. En presencia del mismo patriarca y del nuncio apostólico, mons. Giorgio Lingua, la liturgia del sábado por la noche ha visto recorrer precisamente el relato histórico y espiritual de los últimos minutos de Francisco. Los frailes han leído los pasajes de las fuentes más cercanas al Padre Seráfico que han narrado sus últimos instantes terrenales. La elección de ser depositado en la nuda tierra, la petición de leer el capítulo 13 del Evangelio de Juan, proclamado durante la celebración. Sucesivamente, la bendición de los frailes, como Francisco bendijo a sus compañeros, y la del pan, después distribuido a los fieles. Luego, con las velas encendidas durante la liturgia, en toda la iglesia ha caído la penumbra. Las luces se han apagado dejando encendido solo el fuego y la cercana al altar de Francisco, a simular su muerte y la luz de Cristo que ha acogido al Santo. Un tránsito, precisamente, marcado por la evocación del vuelo de una bandada de alondras ocurrido la tarde del 3 de octubre de 1226 casi a saludar por última vez al Alter Christus.
La mañana del domingo, en cambio, la Fiesta se ha desarrollado, siempre en san Salvador, con la Misa solemne presidida por el patriarca (a diferencia de lo habitual, cuando son los dominicos quienes guían la ceremonia). Frente a los cónsules de Italia (de quien san Francisco es patrono), Francia y España, representantes de otros países y en una iglesia abarrotada de fieles, el cardenal ha indicado en el Evangelio el punto de partida para la renovación de la Iglesia y de la Custodia, llamada a comunicar la vida de Cristo a los hombres y a las mujeres de hoy.
Un segundo elemento subrayado por Pizzaballa es el de la fraternidad. Francisco veía en los hermanos un don de Dios. Y en una Tierra Santa atravesada por divisiones, fronteras y historias diferentes, el patriarca ha subrayado la importancia de custodiar este sentido de fraternidad. Un ideal que debe convertirse después en misión. Para el cardenal, de hecho, como el santo de Asís ha encontrado a los leprosos, así la Iglesia debe acercarse siempre a quien está en los márgenes. "También para nuestra Iglesia el renovación pasa a través de los vecinos que evitamos, los pobres y los sufrimientos que no vemos, las preguntas que ponen en discusión nuestros hábitos", ha dicho Pizzaballa. El octavo centenario, ha augurado por tanto el patriarca, se espera que pueda dejar "un fruto reconocible" en el camino de la Iglesia y de la Custodia de Tierra Santa, que ha concluido las celebraciones con los Segundos Vespres solemnes. Durante la liturgia, los frailes han confirmado su profesión, renovando ante Dios y la comunidad la elección de seguir a Cristo según el Evangelio en la fraternidad franciscana.
Así, a ochocientos años del Tránsito, la memoria de Francisco se ha convertido en Jerusalén en un recuerdo del pasado, una oración en el presente y una mirada dirigida al futuro: a fin de que la presencia franciscana en Tierra Santa continúe siendo servicio y testimonio de esperanza.
Lorenzo Vita
*Tomado de Custodia Terrae Sanctae
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