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En Getsemaní, diez nuevos sacerdotes: "El sacerdocio nace de la Sangre de Cristo"

02 Julio 2026

A las faldas de aquel Monte de los Olivos, en aquel Getsemaní donde Jesús aceptó su Pasión y, en la cumbre de su agonía, sudó sangre. Es aquí donde el miércoles 1 de julio, diez frailes franciscanos fueron ordenados sacerdotes por la imposición de las manos y la oración consagratoria del Patriarca de Jerusalén de los Latinos, el cardenal Pierbattista Pizzaballa. Una misa profundamente sentida por toda la comunidad de la Custodia, porque en una Tierra Santa herida por los conflictos, diez nuevos sacerdotes aparecen como semillas de esperanza: aquellos que no solo en los lugares del Evangelio sino también en el resto del mundo llevarán su mensaje de amor, de paz y de misericordia.

La liturgia comenzó con la procesión de entrada que desde el huerto de Getsemaní hizo su ingreso en la basílica. Entre los cantos del coro y los fieles reunidos en una mezcla de oración y conmoción, los candidatos al presbiterado caminaron junto al patriarca, al Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo, y a los demás concelebrantes. Un camino en comunión fraterna, allí donde la roca desnuda, luego salpicada de pétalos y de incienso, recuerda el lugar en el que Cristo aceptó su Pasión.

En su homilía, Pizzaballa se quiso detener precisamente en la coincidencia entre la ordenación presbiteral, el Getsemaní y la elección de la fecha del 1 de julio: aquella en la que la tradición celebra la fiesta de la Preciosísima Sangre de Jesús. Como recordó el patriarca, esto "no es una casualidad". "La Providencia, en su sabiduría, ha elegido para vosotros este día y este lugar para recordarnos que el sacerdocio nace de la Sangre de Cristo", afirmó el cardenal, y "cada sacerdote está llamado a ser testigo de aquella Sangre que habla más elocuentemente que la de Abel". Una elección de palabras en la que Pizzaballa se quiso detener ulteriormente para recordar una diferencia fundamental en la historia de la Redención. "La sangre de Abel gritaba justicia; la Sangre de Cristo grita perdón", afirmó, subrayando cómo Dios eligió sacrificar a su propio Hijo por el bien de la humanidad. Y es de este sacrificio de donde el sacerdocio ha tomado forma para "llevar a la gente aquella Sangre que da vida".

Una misión intensa, compleja y no exenta de angustia. Lo recuerda el Getsemaní, lugar donde Jesús luchó consigo mismo, sudó, sintió dolor hasta aceptar la voluntad del Padre, abandonándose completamente a Él. Pero lo recuerda también la propia Tierra Santa, el lugar de la Redención pero también de una continua suffering. "A vosotros, ordenados hoy en Jerusalén, en esta tierra bañada por la sangre, tanto sangre inocente como Sangre de Cristo, se os confía una vocación especial", dijo Pizzaballa, "estáis llamados a ser testigos en una tierra que conoce demasiada violencia, demasiada división, demasiada sangre derramada. Estáis llamados a llevar la Sangre que reconcilia, une y perdona".

Después de la homilía, la liturgia estuvo marcada por los ritos que desde hace siglos representan el momento de transición del diaconado al presbiterado. Primero la promesa de obediencia, luego la imposición de las manos y la oración de ordenación. A continuación, los frailes tuvieron que realizar los otros gestos profundamente simbólicos de la liturgia: la vestición con la estola y la casulla y la unción de las manos con el santo Crisma. Por último, la concelebración eucarística: la primera vez de diez nuevos sacerdotes que pudieron participar en el sacrificio del altar. Después de la ceremonia, la comunidad de la Custodia se disolvió en un caluroso aplauso y en el abrazo de todos los presbíteros. Un momento de felicidad, de conmoción y de profunda empatía. Y a las faldas del Monte de los Olivos, los diez nuevos consagrados procedentes de la República Democrática del Congo, Perú, México, Eslovaquia, India y Hungría comenzaron su nuevo camino: el de anunciar el Evangelio.

Lorenzo Vita

*Tomado de Custodia Terrae Sanctae