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DESCRIPTION:\nPaz y Bien.Hoy 15 de mayo queremos recordar la figura de este
  cristiano ejemplar: Isidro de Merlo y Quintana\, el primer laico canoniza
 do en la historia de la Iglesia\, que vivió entre los siglos XI y XII en l
 a ciudad de Madrid\, de la cual es su patrono\, al igual que lo es de los 
 labradores españoles\, y a quienes queremos felicitar desde aquí. Pero\, ¿
 qué tiene que ver San Isidro con Tierra Santa? os preguntaréis\, pues bien
 \, lo primero es que la sede de nuestra Comisaría está enclavada en el bar
 rio donde el santo desarrolló su vida: a escasos 100 m se encuentra la cap
 illa que recuerda el lugar de su nacimiento\, en la calle del Águila.\n\nU
 n poco más arriba\, a unos 400 m\, la iglesia de San Andrés\, donde fue ba
 utizado\, y\, junto a ella\, la casa donde vivió y murió\, hoy Museo Munic
 ipal de San Isidro. \n\nTambién\, a unos diez minutos\, caminando desde nu
 estra sede\, se encuentra la colegiata\, y antigua catedral madrileña\,  e
 n la que reposan sus restos\, junto a su esposa\, Santa María de la Cabeza
 .\n\nY por último\, a nuestro lado\, en la 'dalieda de San Francisco'\, se
  halla la escultura 'el sueño de san Isidro'. Es decir\, que estamos encla
 vados en un lugar que rezuma aromas del Santo Labrador.\n\nLa leyenda de l
 a peregrinación de San Isidro a los Santos Lugares está muy poco extendida
 \, pero\, gracias a Internet\, es pública y nos ha parecido bonito compart
 irla hoy aquí\, como un pequeño homenaje al Santo y a todas aquellas perso
 nas que\, por diferentes motivos\, no pueden viajar a Tierra Santa.\n\n'Cu
 enta la leyenda que el mayor deseo de S. Isidro\, el humilde y piadoso lab
 rador de la villa de Madrid\, era poder visitar un día aquella santa y bie
 naventurada tierra\, al otro lado del mar\, en que nuestro Señor había viv
 ido y muerto por nosotros. Con fervorosa devoción anhelaba ver los campos 
 en que los pastores oyeron los cánticos de los ángeles en Nochebuena\, y c
 ontemplar con sus propios ojos cada uno de los lugares nombrados en los ev
 angelios\; pisar aquellos campos en que\, cuando un labrador como él arroj
 aba la semilla\, parte caía sobre el camino\, parte sobre tierra pedregosa
 \, parte sobre espinos y parte sobre tierra buena que producía una hermosa
  cosecha.\n\nY con este pensamiento en lo más hondo de su alma\, todo lo q
 ue podía ahorrar de su menguado jornal lo guardaba cuidadosamente con el f
 in de que algún día\, antes de hacerse viejo\, pudiera marchar en peregrin
 ación a Tierra Santa. Necesitó muchos años para llenar la bolsa de cuero e
 n que guardaba su tesoro\; y cada moneda ahorrada representaba un capricho
 \, un gusto o una necesidad de que se había privado.\n\nCuando\, por fin\,
  la bolsa fue adquiriendo peso\, y comenzó a parecer menos imposible la re
 alización de su devoto sueño\, llamó a la puerta de su casa un anciano per
 egrino\, con bordón y concha\, que pedía pan para su hambre y albergue par
 a su cansancio. S. Isidro lo acogió bondadosamente y le ofreció lo poco qu
 e había en su pobre hogar y su no menos pobre despensa: pan y manzanas\, q
 ueso y vino. Pero fue bastante para que el peregrino saciase su hambre y r
 epusiese sus fuerzas.\n \n\n\nTerminada la cena\, S. Isidro y el peregrino
  estuvieron hablando largo rato sobre los Santos Lugares y sobre el gozo d
 e pisar y besar la tierra bendita en que habían dejado sus huellas los pie
 s de Jesucristo. Luego\, el peregrino habló del largo y penoso viaje que l
 e esperaba todavía\, mendigando de aldea en aldea -pues su bolsa estaba va
 cía-\, hasta que lograse encontrar un patrón bondadoso y caritativo que le
  hiciese sitio en su barco y lo llevase a la verde isla de donde había par
 tido\, en los confines de Poniente. Recordando a los que había dejado en c
 asa\, que podían haber muerto durante su ausencia\, el peregrino rompió a 
 llorar. Sus lágrimas conmovieron de tal modo el corazón de S. Isidro\, que
  sacó la bolsa de sus ahorros y dijo:\n \n-Esto he reunido con la esperanz
 a de contemplar un día con mis ojos lo que tú has contemplado\, sentarme a
  la orilla del mar de Galilea como si por sus aguas siguiera navegando la 
 barca de S. Pedro\, el pescador\, con Jesús a bordo\, y arrodillarme sobre
  el monte Calvario\, donde se alzó la cruz de nuestro Redentor. Pero tu ne
 cesidad es muy grande. Toma este dinero y apresúrate a volver con los tuyo
 s\, pues si tú deseas verlos de nuevo\, ellos te estarán esperando también
  con ansia y zozobra. Y si los encuentras con vida\, y quiera Dios que así
  sea\, diles que recen por mí. Después de rezar juntos\, S. Isidro y el pe
 regrino se retiraron a descansar.\n \nEn las primeras horas del sueño\, cu
 ando la noche es reconfortante tras un día de trabajo\, S. Isidro advirtió
  que iba caminando por campos extraños\, subiendo la ladera de una colina\
 ; y en lo alto de otra colina\, a cierta distancia\, se divisaban las pare
 des blancas y los tejados planos de las casas de una pequeña ciudad. Y alg
 uien le hablaba y le decía:\n \n-Estos son los campos en que los pastores 
 velaban con sus rebaños\, y este camino pedregoso\, que sigue la ladera\, 
 lleva a Belén.\n \nAl oír aquella voz\, S. Isidro se volvió y vio que detr
 ás de él estaba el peregrino\; pero conoció que no era verdaderamente el p
 eregrino\, sino un ángel oculto tras el humilde y destrozado hábito del pe
 regrino. Quiso postrarse a sus pies\, pero el ángel se lo impidió y le dij
 o: -No temas. He sido enviado para enseñarte todos los santos lugares que 
 tu corazón deseaba ver.\n \nSobre valles y colinas\, campos y torrentes br
 illó entonces una luz tan clara y maravillosa\, que incluso desde una gran
  distancia podían distinguirse perfectamente las flores que crecían al bor
 de del camino. Sin esfuerzo ni cansancio\, S. Isidro se desplazaba de un l
 ugar a otro como en un sueño. Y es imposible enumerar la mitad de lo que v
 io.\n \nPorque el ángel lo llevó a la aldea en que Jesús vivió de niño y q
 ue se llama Nazaret\, es decir\, la “aldeaflor”\; y le mostró el río Jordá
 n\, que se abre camino entre un bosque de matorrales verdes\; y el Hermón\
 , alto y centelleante por la blancura de la nieve en su cumbre (y la nieve
  de este monte es muy vieja)\; y las azules aguas del lago Genesaret\, con
  su flotilla de barcas de pescadores\; y la ajetreada ciudad de Cafarnaúm\
 , en el importante camino de Damasco\; y Naím\, donde Jesús contempló a lo
 s niños que\, en la plaza\, jugaban a entierros y bodas\; y el desierto\, 
 austero y atractivo a la vez\, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches
 \; y Betania\, donde resucitó a su amigo Lázaro\, el hermano de Marta y Ma
 ría (al pasar por los campos de Betania\, S. Isidro cogió un manojo de flo
 res silvestres)\; y Jerusalén\, cerrada en su muralla\, la ciudad santa\, 
 a cuya vista Jesús\, desde el monte de los Olivos\, lloró\; y Getsemaní\, 
 con sus viejísimos olivos\; y la colina del Calvario\, desde donde\, en la
 s tinieblas del Viernes Santo\, subió al cielo un poderoso grito: “Dios mí
 o\, Dios mío\, ¿por qué me has abandonado?” Y el sepulcro nuevo\, excavado
  en la blanca roca\, entre mirtos y rosales en el jardín.\n \nAsí S. Isidr
 o fue visitando todos los lugares que deseaba\, los que conocía muy bien d
 e nombre por el Evangelio que escuchaba cada domingo en la misa. Y en todo
 s estos lugares vio a los hijos de los hijos de los hijos de los que había
 n contemplado el bendito rostro del Salvador\, hombres que iban a su traba
 jo en los campos\, mujeres que venían de la fuente con sus cántaros en la 
 cabeza\, niños que jugaban por las calles y plazas. Y todos vestidos de fo
 rma extraña\, como los que se habían sentado un día en la verde hierba par
 a comer de los cinco panes y dos peces. Ante este pensamiento\, S. Isidro 
 rompió a llorar. El ángel le preguntó: -¿Por qué lloras?\n \n-Lloro por no
  haber vivido entonces\, cuando el Señor recorría estos campos\, para habe
 r podido contemplar su rostro. De repente\, como en un sueño\, los dos se 
 encontraron a la orilla del mar. Amanecía. En el centelleo de las aguas\, 
 S. Isidro vio una barca de pescador que se mecía a pequeña distancia de la
  orilla\, pero no había nadie en ella\; otra barca estaba sobre la arena e
 n la playa. Y mitad en la arena\, mitad en el agua que chapoteaba suavemen
 te\, aprisionados en las redes\, más de un centenar de grandes peces se ag
 itaban y brillaban al sol. Y cerca de las redes\, en tierra\, había una lu
 mbre\, en cuyas brasas se estaban asando unos peces. Y a un lado del fuego
  había siete hombres\, uno de ellos acurrucado y tiritando bajo su empapad
 a túnica de pescador\; y al otro lado del fuego\, una figura que irradiaba
  bondad y majestad\, a la que los siete hombres miraban con gozo y temor r
 everencial. Y S. Isidro\, dándose cuenta de que aquél era el Señor\, lo co
 ntempló gozoso y estremecido a la luz suave de aquel amanecer.\n \nEl sant
 o labrador no podría decir cuánto duró aquella visión gozosa. De repente t
 ambién todo cambió. S. Isidro y el ángel quedaron solos. -Ya has visto com
 o deseabas -dijo el ángel-. Dame la mano para que no olvides. S. Isidro ex
 tendió la mano. El ángel la abrió y\, poniendo la palma hacia arriba\, la 
 golpeó con la suya. S. Isidro dejó escapar un grito por el dolor del golpe
 \, y cayó al suelo sin sentido.\n \nCuando se despertó por la mañana\, el 
 sol estaba ya alto en el cielo de Madrid\, y el peregrino había reemprendi
 do su viaje de regreso. Pero la humilde casa del labrador estaba llena de 
 una celestial fragancia. S. Isidro buscó y sobre su cama vio las flores si
 lvestres que había cogido en los campos de Betania\, flores rojas\, amaril
 las\, azules\, más hermosas y con más delicado aroma que las que crecían e
 n los campos de Madrid.\n \n-Entonces -exclamó S. Isidro- no ha sido un si
 mple sueño.\n \n\nSe miró la mano y vio que en la palma tenía unos trazos 
 azules\, parecidos a los que suelen verse en los brazos de caminantes y ho
 mbres de mar « ירושלים ». Más tarde\, S. Isidro supo que aquellos trazos e
 ran letras hebreas\, las que formaban el nombre de Jerusalén.Mientras vivi
 ó\, estas letras traían a su memoria todas las maravillas que había podido
  ver aquella noche memorable. Pero hicieron más que esto\, pues cada vez q
 ue fijaba en ellas la mirada recordaba gozoso las palabras del Señor: -¿Ac
 aso puede una madre olvidar a su niño de pecho? Sí\, ella puede olvidar\, 
 pero yo no te olvidaré\, pues te he grabado en las palmas de mis manos.'\n
  \n\n \n¡FELIZ FIESTA DE SAN ISIDRO LABRADOR!\n \n \n \n  https://tierrasa
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